domingo, 17 de abril de 2011

Especial Luna 6º Año










 Después de cenar y tomar un cafecito comienzo a caminar con el Río Urbión a mi vera. Nada más empezar noto muy buenas vibraciones y según me adentro descubro la belleza del lugar. Tilos, robles, encinas, fresnos, brezos, retamas, refulgen bajo el brillo de la luna. Hace muy buena temperatura y hoy no llovió, por lo que el paseo se hace especialmente agradable. En ningún momento me planteo que por ahí pueda estar ese anhelado Paraíso que busco; sencillamente disfruto del momento. Realmente me va enamorando el lugar. El hecho de haber elegido hacer el paseo por la noche y haber dejado pasar una semana desde que llegué aquí ha merecido la pena.

Después de un rato de marcha llego a una hermosa cascada que se descuelga entre unas enormes rocas. “Muy bonito, me encanta este valle”, pensé. Bebí agua y descansé un rato admirando la noche: “Paz, armonía y libertad”, susurraba de nuevo el viento. Inhalo su aliento y doy gracias a Padre por haberme traído aquí. Reanudo la marcha y enseguida llego a una zona en que el valle se ensancha y en la que encuentro una ermita. “Jo, ¿estoy en el cielo?”, me preguntaba. ¡Sublime, celestial, un momento Inolvidable! “Qué la calma se extienda y que tu brillo, lunita, dance por siempre en mi camino”, la dije. Y, como testigos, las estrellas sonrieron. Padre y yo hablábamos de nuevo y bendije el momento y ese Sagrado Lugar.

Después de unos instantes mágicos y con el corazón rebosante de felicidad me acerqué hasta la ermita. “Parece abandonada”, me dije. Así parecía ser, ya que estaba invadida por las zarzas. Tenía una valla que la rodeaba y que estaba rota por muchos sitios. Entré en el recinto vallado, en el que había dos largas mesas medio rotas y tres acacias en, lo que podía denominarse, el jardín. Al acercarme a la puerta de la ermita observé que estaba abierta.¡Vaya sorpresa! Entré y vi la imagen de un Santo en el altarcillo (después me dirían que se trataba de San Millán, un ermitaño-eremita que vivió mucho tiempo en soledad). Por lo demás, mucha suciedad y descuido, grafittis por el exterior… En fin, eso me dio a entender que no se acercaba mucha gente por allí. “¡Sin lugar a duda, éste es el lugar. Por fin hemos encontrado el Paraíso. Síííí!”. Me dio un subidón y me puse supercontento. ¡Auuuuu, Buena luna, Valle Urbión! Y así me enamoré de ese maravilloso lugar. “Desde aquí podré seguir “la labor” y aquí ningún “bussine$ rural” podrá impedir que lo haga. Al “acomodatus-homocodiciosu$” no le vendrá bien venir a colonizar un sitio tan apartado. A partir de hoy este lugar quedará protegido por el Universo y por mí”.


Río Urbión, al fondo la Ermita de San Millán

Después de tan gratificante descubrimiento inicié el regreso hasta Trambosríos; eufórico, vital, energizado, convencido, feliz, con más fe, con más fuerza, con la vibración al máximo nivel. Vamos, que el camino de vuelta lo hice levitando de alegría, ja, ja. Una vez en el refugio oré con mi alma y me acosté. “Duerme en Paz, hijo”, susurraba el viento mientras yo caía dormido. “Dulces sueños, dulce luna; la primera”.

Al día siguiente, domingo, volví a hacer el recorrido, pero con la luz del sol. De nuevo pude degustar lo verdaderamente maravilloso del lugar. La primavera y las últimas lluvias habían dejado un toque especialmente bello. Los pajarillos, con sus cánticos, las mariposas, con sus colores, y hasta el vuelo de águila en el cielo hacían de este valle un verdadero Paraíso. “¡Vida!”, grité con fuerza. Y así llegue hasta la ermita y planté unos ajos y unas patatas. “Esperadme, pequeñas, que pronto volveré a cuidaros”, les dije a las futuras plantitas.

En eso que apareció un ser muy curioso, un montañero llamado Paco Daudén que vivía en Madrid. Hacía 20 años que no había venido por aquí y había elegido justo ese día, ja, ja. Según escribo estas palabras vuelvo a sonreír, porque son tantas las señales que me ha enviado el Universo que hubiese sido una pena no verlas. Pero volviendo a este nuevo y “casual” encuentro, enseguida me doy cuenta de que ambos estamos en la misma vibración y conectamos al momento. Mi historia y mi intención de quedarme a vivir allí le llegan al corazón y me dice que él subirá hasta la Laguna de Urbión para estar acampado unos días. También él sabía de la energía y la magia del lugar. Nos dimos un abrazo, con la promesa de que siempre que él volviese por el Valle del Urbión, allí estaría yo para recibirle. Y así ha sido hasta hoy en día y mantenemos una gran amistad. Él continuó con su ruta hacia la laguna y yo seguí con mi exploración. Caminé unos minutos más, río arriba, hasta llegar a un refugio junto a unos cerraderos de ganado (refugio y cerraderos que fueron los que finalmente se convirtieron en Refugio y Huerta Paraíso). “Aquí la energía rebosa”, me dije. Al entrar al refugio lo vi lleno de porquería y con bastantes desperfectos. Tenía lumbre baja con una chimenea, pero mostraba señales de estar a punto de caerse. Las cenizas alcanzaban los 40 centímetros, no tenía ventana y en el tejado había muchas tejas rotas y entradas de agua. Eso me hace desestimar el refugio, en primera instancia, y me decido definitivamente por la ermita. 







1 comentario:

  1. animo sergio, tu vida es un ejemplo de que otras formas de vida son posibles y deseables.

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